Monseñor Romero y las Dominicas de la Anunciata VIII

Categoría: Otras Noticias Creado: Lunes, 01 Junio 2015 Publicado: Lunes, 01 Junio 2015

 MARTES, 8 de mayo de 1979 mons.romero En Roma el tiempo se lo puede tragar a uno. Yo había proyectado algo para antes de la audiencia que tengo con el cardenal Baggio, a las once de la mañana. Sin embargo, sólo pude hacer unos pequeños arreglos con el sastre, el cual todavía no ha terminado mis trabajos. Y me dirigí a la plaza de San Pedro para encomendarme a los grandes pontífices, que reposan en las criptas del Vaticano y que han dado tanta inspiración y orientación a mi vida, y sostener este momento de recogimiento para luego ir a hablar cosas muy importantes a la Congregación para los Obispos, que preside el Cardenal Baggio.

En la plaza de San Pedro me encontré con monseñor Eduardo Cassuli, que fue secretario de la Nunciatura, creo que estando monseñor Torpigliani en El Salvador. Fue muy cariñoso, hizo muchos recuerdos y comprendió mi difícil situación. Dijo que estaba siempre recordándome y orando para que fuera un pastor digno de estas circunstancias.

La conversación con el cardenal Baggio fue muy cordial, a pesar de que yo esperaba un poco de severidad como la vez anterior, el año pasado. Él era muy deseoso de encontrarse conmigo y me dijo que le hubiera sorprendido si habiendo venido a Roma no hubiera ido. Yo le expliqué que desde el primer día que llegué a Roma busqué esta audiencia que por sus ocupaciones no se me había podido conceder. Él expresó sus preocupaciones, [163] sobre todo en la división de los obispos, en la situación del Obispo auxiliar. Y fue muy franco en reconocer el error del auxiliar al firmar el permiso de cambio de estatutos de Cáritas que tocaba firmar al propio Arzobispo. Él, como vicario general, debió estar de acuerdo y si sabía que no estaba de acuerdo el Arzobispo, hizo mal en hacerlo. Pero dijo que yo también había sido muy severo en tomar la medida de su destitución y dejarlo como en el aire.

Traté de explicar toda esta situación porque, además, advertí que, entre las causales que había puesto monseñor Revelo para este acto, estaba el que Cáritas se politizaba y caía en manos de guerrilleros. También el pretexto de que yo estaba en la clínica, enfermo. Lo cual expliqué al Cardenal que ni una ni otra cosa eran suficiente razón para aquel acto. Se refirió a la visita apostólica y a la sugerencia que ya el Papa había insinuado en su conversación de ayer, o sea que, arreglar la situación con el nombramiento de un administrador apostólico, sede plena; pero el cardenal Baggio analizaba como una sugerencia poco práctica, ya que no veía entre los obispos actuales quién pudiera ser ese administrador apostólico que se entendiera conmigo. Y llevarlo de afuera del país también le parecía absurdo, dada la situación de nuestro país. Por lo cual, esto todavía queda en estudio y, de mi parte, le manifesté mi mejor voluntad de arreglar las cosas en lo que mi capacidad permita.

Me referí a los informes llevados al Papa que son imparciales y que expresan una situación de verdadera persecución contra la Iglesia. Me refería especialmente al informe de la OEA y a su insistencia de recomendar al Gobierno prevenir la persecución sistemática a la Iglesia católica en su misión de evangelizar. El Cardenal fue muy cordial cuando me dijo: «no estamos tratando entre enemigos, sino entre trabajadores de la misma causa y estamos, desde luego, en un noventa por ciento de acuerdo. Y es así que el ciento por ciento es la verdad y es el Evangelio». Le dije que me daba mucho ánimo esa palabra y que la depresión que había sacado de mi audiencia con el Santo Padre, encontraba aquí, en la plática con él, esperanza de que mi situación y la de mi Diócesis tienen solución si la seguimos buscando con la buena voluntad y amor a la Iglesia.

Parecía bastante satisfecho, hablamos de otras cosas y el tiempo había terminado. Me obsequió dos libros y me expresó su mejor voluntad de ayudar en todo a mi servicio a la Iglesia.

Salí satisfecho y a la salida me encontré providencialmente con monseñor De Nicoló, gran amigo, con quien le dije que quería comentar, en forma confidencial y como dirección espiritual, mi situación de ánimo de ayer y de hoy. Me dio luces muy claras inspiradas en un gran amor a la Iglesia y cómo la virtud, sobre todo la humildad, en estos casos es una [164] llave muy segura para encontrar solución. Que estuviera seguro -me dijo- de la buena voluntad que reina en la Curia romana, que ha cambiado enormemente, que él como viviéndola, me lo puede decir, que hay muy buena voluntad de ayudar en todo a los servidores de la Iglesia en todas partes. Que la influencia del actual pontífice era muy beneficiosa para la Curia romana y para toda la Iglesia.
 
Me dio algunas normas prácticas para dirigirme a la Secretaría del Estado, refiriéndome a la sugerencia anterior, de que lo tomara todo como una voz de Dios que está buscándole, aun a mi misma situación, una solución de mucho beneficio a la Iglesia. Que tuviera mucho cuidado en hacer una reacción que fuera más espectacular, porque más bien, al sugerirme esta idea del administrador apostólico podía haber en la mente del Santo Padre y del cardenal Baggio, una búsqueda de mi reacción y mi reacción, si fuera negativa, podía echarlo a perder todo. Que tuviera humildad y paciencia, y escribiera al Secretario de Estado dándole mis impresiones y mi sugerencia, por ejemplo, de que un eventual Nuncio que se entendiera bien con el Arzobispo, podía solucionar ese papel que se sugiere para un posible, pero difícil, administrador apostólico. Creo haber comprendido bien la idea y trataré de realizarla con esa buena voluntad para la Iglesia que, gracias a Dios, siempre he tratado de conservar y acrecentar.

Acudí luego a Radio Vaticana, donde tenía una invitación del padre Suárez, encargado de la transmisión para América Latina y donde grabé una entrevista con él acerca de la situación de la Iglesia en El Salvador, de mi trabajo y de mis impresiones de la visita al Santo Padre. En resumen, describí nuestra situación y mi trabajo, según mis intenciones, y sobre todo, dije que había salido muy optimista de la visita al Santo Padre, porque me había dado cuenta de que él sabe escuchar y se nota que está buscando el conocimiento de la realidad de nuestro mundo latinoamericano, y que por eso creo que es muy grande la responsabilidad de todos los que tenemos el honor y la dicha de platicar directamente con el Papa, de informarle, no según nuestra manera de ver, sino hasta donde sea posible, la realidad sincera de la Iglesia en nuestros países.

Con el padre Suárez y el encargado de los programas para España, me fui a la casa de los jesuitas, donde residen todos los escritores y trabajadores de radio, son como unas treinta personas, para almorzar con ellos y compartir luego, la sobremesa que es muy fraternal. El padre Juan Bosco me cedió, como el otro día, su cuarto para descansar una siesta muy agradable. Y después el mismo padre Juan Bosco me acompañó a arreglar mi boleto de regreso, pasando por Barcelona y Madrid para visitar la cuna de esta congregación dominica, que ha tenido la bondad de proporcionarme mi viaje a Europa con motivo de la beatificación del padre Coll.

Recogí luego mis trabajos en la sastrería del amigo Mangenelli, que ha sido muy amable en todo su trato conmigo. También compré unas estampas [165]para que se puedan poner en todas las casas parroquiales de Su Santidad Juan Pablo II, pero la famosa venta Soprani parecía una colmena de compradores y me fue muy difícil comprar otras cosas. Terminé el día cenando con las madres oblatas, quienes me proporcionaron su vehículo, tanto para ir a su casa como para regresar a mi posada de las hermanas dominicas

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